domingo, 18 de abril de 2010

La ruta del caracol : Parte I


Nota:

En nuevas aventuras me meto hoy, tengo una lucha constante entre el norte y el sur, dos puntos que refuerzan más el sentido bipolar que desde pequeña me define. Considero que me adapto pronto y bien a las nuevas circunstancias y paisajes, sin embargo es un proceso doloroso arrancar mis raíces jóvenes pero resistentes a cualquier cambio, por muy positivo que sea.
Desde que mi ausencia por lugares andaluces se hace más repetitiva, a
lgo que seguramente lo noto yo más que nadie, intento encontrar soluciones entre motivos y razones que me empujan hacía el cambio, superando obstáculos, retrocediendo a momentos míos personales, que temporalmente apaciguan mi alma.

Empiezo a redactar esto sin saber adónde va a terminar, es cierto que no quiero abrumarte con entradas largas sin razón, así que hoy me quedo tranquila presentándote la primera parte de una ruta que acaba de empezar y que un día de estos pienso terminar sin dejar pendientes antojos, dudas y recetas incumplidas.



La ruta del caracol, parte I.



¨Vendimiador¨, acuarela 35x50, de Maria Elizabeth Cantini


Apreciamos las fronteras culinarias, nos movemos guiados por instinto u olfato, viajamos invirtiendo tiempo y jornadas completas sibaritas. Deseamos saciar el apetito y formar gustos poco labrados y tallados, y así sembramos memoria, vaciando platos típicos, aprendemos cómo llamarlos y saber pedirlos. Ilustramos recetas con guarniciones extraordinarias, repletas de texturas y colores diferentes. Sencillamente, procedemos a repetir rutas; una inercia agradable pero algo exigente nos lleva a los mismos lugares, siguiendo la ruta que siempre soñamos, cuando de verdad aborrecemos los platos de cuchara que nos sirve la rutina diaria.
En un segundo intento de enmarcarme en un cuadro riojano, y sin ninguna intención de repetir descripciones de los mismos viñedos que volví a contemplar, esta vez vuelvo con más temple y genio para susurrarte al oído conceptos místicos y comestibles.
Hoy, os presen
to a Lorenzo.



Lorenzo, poniendo en duda su aguante físico y sus inquietudes gastrocósmicas (permítele a Lorenzo que se invente términos tan provisionales como su propia existencia) y con una proverbial lentitud decide viajar hacia el sur. Su pueblo se encuentra en la parte sur de Álava, está entre la Muy Noble, Leal y Coronada Villa de Laguardia y Leza, que se llama Don Cicuta.

Lorenzo, de Don Cicuta, es un chico más bien bajito, moreno, de aspecto recio y algo pálido de cara. Se dedica a la trilogía mediterránea; vides, olivos, cereales y así, según la época, se tira temporadas trabajando en el campo, en los cotos bien definidos de los marqueses que poblan desde hace siglos esa tierra feraz.

Pocas veces ha tenido la oportunidad de alejarse de esas fincas rústicas, rara vez ha estado lejos de esas pertenencias de un mismo dueño. Lorenzo, muy hábil pero poco hablador, se muestra como vividor y abusador de lujos de la buena mesa. Esta mañana se ha levantado antes que cualquier otro compañero suyo, todavía nadie ha salido hacia el coto; este año atraviesan la vencería y los olivos ya pueden esperar. Lorenzo prepara su mochila y algo de provisiones para su viaje. La ropa por un lado y por otro en un lienzo improvisado de lino echa un buen trozo de pan, queso y olivas cosecheras. Lo guarda todo cuidadosamente y se dispone a esperar el vehículo que le va a llevar hasta la capital sureña.

Un viaje largo, extendido por paisajes que tan provisionales y fugaces se marcan desde la ventanilla que le sirve de apoyo para quedarse dormido de vez en cuando, cuando sus ojos ya no aguantan tanta diversidad de tierras y de valles poco familiares. Admirándose a sí mismo, se cree único en poder aguantar el roce constante contra el brazo de su compañero de viaje que está sentado a su lado. Piensa que seguramente nadie haría ese viaje estando tan callado, sin dirigir ni un comentario acerca del tiempo, ni de los paisajes que varían y darían pie a conversaciones creativas.

Recreándose solo pues, ya le queda poco pan y un trozo de chocolate, que pudo comprar en una de las paradas obligatorias del vehículo lleno de gente que inmigra temporalmente hacía la zona marítima del sur. Con un esnobismo pues, digno del de las golondrinas, parte en dos el trozo de la chocolatina y lo va comiendo alterando sus bocados; pan, chocolate, pan y chocolate. Se queda con la boca algo áspera y con un gusto bien amargo, su saliva se vuelve más densa buscando agua para enjuagar y limpiar ese sabor a cacao y trigo. Ya la impaciencia y la sed se están apoderando de su ánimo macizo, ya está inquieto, ya desea llegar a su destino. Es cierto que queda poco. Después de haber visto un amanecer y una puesta del sol desde su asiento poco cómodo, ahora ya la oscuridad allí fuera se está deshaciendo lentamente, y como lo tenía bien calculado, a primera hora del amanecer debería de estar entrando ya en la provincia de Cádiz.

La necesidad de tener que esperar esa llegada tan deseada, le hace quedarse dormido. Y lo logra; él y su sed se funden en un estado de sueño ligero, un intermedio cuyos sueños cortos se mezclan con el ruido del fondo. Así Lorenzo sueña con cántaros de agua fresca y botijos de vino tinto recién sacado de la oscuridad de los sótanos de las bodegas marquesinas. La sed se deshace en su inconsciente medio dormido y de repente se despierta por los movimientos bruscos del compañero que ya con gestos poco tímidos intenta recuperar sus pertenencias que había colocado debajo de su asiento. Lo hace de tal manera que parece que se está vengando por el viaje tan silencioso y poco hablador que, Lorenzo con mucha naturalidad, le había concedido.
Lorenzo limpia rápidamente su boca ya reseca de sueños y de cántaros, y consigue rescatar su mochila entre los demás viajeros que están haciendo lo mismo, deseando salir cuanto antes de ese vehículo que les ha acogido durante casi un día entero.

Con las ganas de un niño pequeño pero igual de recio, Lorenzo salta a la calle y se dirige hacía el merendero más cercano, con gestos rápidos e inquietos envuelve ese último trozo de chocolatina que ya se está deshaciendo por el calor que sus manos transmiten; sus manos, que no saben si guardarlo en el bolsillo o tirarlo. Tirar comida es una cobardía humana, le dice siempre el señor del mesón donde Lorenzo frecuenta algún que otro día. Es un mesón adonde acuden todos los lugareños y compañeros en las vides, cuando desaparece el sol y ese crepúsculo les invita a descansar, tomándose entre todos un par de jarras de cosechero, discutiendo sobre los deberes cumplidos y los sueños vulnerados.

Guarda el chocolate en el bolsillo de su mochila y entra en el local. Se sienta en la barra y espera inquieto la mirada de la chica que se dedica a servir a los que entran en esa casa café, refrescos, vinos y promesas. La mirada prometedora de la moza por fin localiza la presencia de Lorenzo y se le acerca ofreciéndole una sonrisa bien formada. Lorenzo, que en otra ocasión se habría puesto colorado y miraría hacia el suelo, fija directamente su mirada en el rostro de ella y le pide con voz alta y terminante

-Agua fresca y una pinta.

Poca clientela, sólo unos cuantos, desayunando café y tostadas, dispersos por las mesas del comedor, hacen que la chica le sirva rápido el pedido. Lorenzo coge el vaso de agua y como un animal que encuentra su bebedero después de un día entero expuesto al solano del campo, bebe el agua en un trago. Cuando por fin suelta el vaso, la muchacha sin quitarle la vista de encima, le vuelve a echar agua desde una jarra que lleva agua fresca, aunque sabe distinto al agua de Don Cicuta.
Ya más tranquilo, Lorenzo se dispone a beber con más tranquilidad su pinta y se da cuenta de la belleza del rostro de esa moza que le acaba de ofrecer agua, y más agua. Lorenzo, que es tan tímido como las primeras flores del almendro, coge su cerveza y baja la mirada, disfrutando el tacto del cristal frio en sus manos algo sucias del chocolate y del sudor. El local huele a tabaco de anoche, a detergente de la barra recién enjabonada y limpia y le llega un olor suave a aceite de oliva. Están los demás bañando sus tostas en aceite y tomate estrujado, le llega a la boca el sabor ese ácido y dulzón a oliva, y se dispone a pedir una tosta igual. Bueno, y con jamón.

-Maja, ponme una zapatilla.

La chica se le acerca y ya su sonrisa se deshace convirtiéndose en una risa sonora y alegre.

-¿Una qué?
-Una zapatilla, mujer.
-Ofú, yo te traigo lo que tú quiera, pero zapatillas aquí no hay, corazón.

Lorenzo se intimida, no tanto por la ausencia de las zapatillas, sino por la risa de la moza que se alarga eternamente y le hace querer salir corriendo del merendero.

-Bueno, quiero decir, ponme una tosta con tomate y jamón, y acércame también el aceite y el salero.
-Ahora mismo, corazón.

Está ya con su ¨tosta de jamón¨ delante, preguntándose cómo estos homínidos del sur pueden vivir sin poder pedir una zapatilla bien grande y sabrosa, con su pan cateto, con su aceite que impregna su miga viscosa y con sus lonchas de jamón generosas.

-Toma, niño, tu salero, que falta te hace, le dice la chica hermosa con una voz ya más picara que agradable.

Lorenzo coge el salero y, sin caer, se dispone a quitar las lonchas de jamón y echar un poquito de sal, aunque la verdad es que el jamón estaba demasiado salado. Más bien por nerviosismo, Lorenzo se ocupa de sazonar su tosta, sin saber de nuevo qué hacer con sus dos manos.
Cuán decisión ganan esas manos cuando está por los cotos podando vides, o a la hora de proceder al bazuqueo. Y es cierto, donde campan el vino y el aceite surge la emoción y el arte por escrito, pues a Lorenzo, criado entre cepas y olivos fortachones, esa tierra le donó sentido y orgullo. Con cuán fuerza se ve en las manos en la recogida de esa oliva de diciembre, al lado de sus compañeros, que con sus respectivas varas golpean sin cesar las ramas verdes del olivo haciendo caer las negras olivas, retumbando contra los mantones de trapos extendidos en esa tierra de cultivos que son muestras de civilización.

Acabándose lo que él en su tierra llama zapatilla, el detonante que ha provocado las risas y sonrisas de una mujer bonita, pone fin en sus pensamientos de civilizaciones y costumbres lugareñas. Lentamente, como un caracol que alterna contracciones y elongaciones de su cuerpo, se levanta, deja un billete arrugado encima de la barra ya manchada de gotas de aceite y sal y sale del local. Antes de salir a la calle, gira la cabeza para buscar a la moza, su mirada la busca entre la poca clientela que acaba de desayunar.

En fin, luego me paso y la saludo, piensa y se larga lentamente.


Qué sensación aquella de andar por los callejones de este pueblo finisterre [1] y que el sol te acaricie la frente y la nuca una mañana de abril. En Don Cicuta estará lloviendo, esas lluvias repentinas y benditas que hacen que los primeros pámpanos den a luz a las yemas prontas.

Lorenzo se pierde por los callejones del casco antiguo, por intuición se deja llevar por ruidos y olores, y así llega al mercado de abastos. Se apoya con la espalda contra una pared de una casa baja justo enfrente de una entrada lateral del mercado y observa a la gente, sus ojos brillan ante ese constante vaivén de conmociones. Se fija en las cajas llenas de fresones que acaban de descargar de una furgoneta que viene de Huelva. Al lado, una mujer está comprando pescado y su olor hace que Lorenzo recuerde uno de sus escasos viajes que hizo antaño a Salobreña: las tascas del pescado recién llegado de Almuñecar, las cantinas donde ponían fritura de pescado variado y un mosto fino de uva blanca y menuda.
Lorenzo se queda quieto mientras sigue observando. Se da cuenta de su propia sonrisa; la bella del mesón le ha heredado algo de agrado que, por momentos, le sigue invadiendo. Se dispone a escrutar las calles que rodean el casco antiguo para salir al puerto.

Lorenzo llega a la zona porteña de esa pequeña ciudad encantadora y se pone a contar los barcos que acaban de llegar del otro lado y tomar posición en ese punto de unión y separación de dos mares. Lorenzo se siente repleto de sentidos, absorbe el aire marino de ese paraje más meridional, mira hacia el horizonte y no es capaz de distinguir lo que verdaderamente está contemplando, y los efectos ópticos le hacen pensar que es la costa mora la que a lo lejos se ve claramente. Vagamente sueña con los momentos de plena claridad, cuando los viñedos que se extienden desde sus propios pies hasta Haro, cuando levanta la mirada para tomar un descanso, se desvanecen a lo lejos, donde se está marcando nebulosamente la figura de la Virgen de la Vega.

A su derecha el paseo marítimo está cogiendo más forma y se convierte en un sendero turístico, por puntos se atasca de gente que se dedica a inmortalizar esas vistas con sus máquinas fotográficas y automatismos varios, que impiden disfrutar la verdadera belleza de este mar y su extensión hacia el mundo. Lorenzo decide seguir por ese paseo que pronto le lleva a una playa pequeña, que todavía descansa en el silencio de la mañana y acoge con tolerancia y calma excedida las tertulias improvisadas de las gaviotas que reposan en su fina arena.
Respira hondo y seguidamente empieza a jadear, disfruta de ese perfume a yodo que irrumpe su memoria amaestrada a reconocer el olor a mosto, a trigo recién molido y al fruto del acebuche.

El mar, la mar, si así llamándola se siente más cercana y atractiva, ejerce un poder místico a los sentidos de Lorenzo, un chico que vio la mar por primera vez cuando ya había cumplido con sus deberes católicos, poco después de su primera comunión. Santa coincidencia, ese verano habían llamado a su padre de un pueblo de la costa catalana, cuya cosecha abundante requería manos adiestradas para la vendimia tardía de ese verano caluroso, que había impregnado los racimos de aquella zona con sabores melosos y pasificados.

Lorenzo tira su mochila y se siente en la arena algo húmeda de esa playa que los tarifeños llaman la playa Chica. Se echa hacia atrás y la arena se aparta con sutileza bajo el peso de su cuerpo cansado pero satisfecho de haber podido cumplir uno de sus sueños más inocuos: volver a este sitio, donde por primera vez sintió el poder del viento, donde el Poniente le farfulló palabras pasajeras pero que le seguirían durante el resto de su vida. Casualidad que Lorenzo haya crecido entre viñas y arbustos fructíferos, casualidad que Lorenzo no haya pasado sus treinticinco años desenredando redes, podando corales desde la proa o encarnando anzuelos.

Peinando viñedos y viendo crecer a cientos de olivos ha pasado su vida hasta esta misma mañana, tumbado en la playa que desde pequeño soñaba. Se queda dormido, ya profundamente, con la sonrisa tímida clavada en su pálido rostro. La mochila le sirve de almohada, una cabecera menos rígida que la ventanilla del vehículo. La arena ya se va calentando gracias a ese sol que ya sin escrúpulos sigue su ruta, acalorando cada vez más el cuerpo dormido de Lorenzo.

Cansado de los kilómetros recorridos por carreteras azarosas, de la escasa restauración de camino hacia el sur y por las breves paradas de aquel vehículo ambulante, Lorenzo cae en un profundo sueño, tumbado muy cerca del puerto poderoso que une y separa sabores y naciones. El estatus de aquel punto geográfico que Lorenzo quiso volver a visitar, crece más todavía en su sueño profundo, duerme tranquilo. Se ubica a sí mismo en un punto tanto terrestre como marítimo remoto, entre la Rioja Alavesa y Casablanca.

Seguramente no encuentre lo que anda buscando o soñando, quizás vuelva a su vida bien afincada sin haber podido llevarse la esencia de este viaje tan anhelado y ansiado. Pero su propio periplo de recuerdos y sabores indefinidos, por culpa del tiempo que pasa y todo lo deja a medias curado, se ve apoderado esta mañana calurosa de abril, en una playa tarifeña, haciéndose la digestión de un viaje largo, de su sed aliviada y de una tosta de jamón que en la Rioja llaman zapatilla.





[1] del finis terrae (el fin de la Tierra en latín), una punta de tierra que da al mar, en un extremo de una península.

2 comentarios:

degratis dijo...

...y cuando vas a subir la segunda parte?

Georgia N. Xanthopoulou dijo...

Ya está publicada la segunda parte.
Muchas gracias por leerme.