viernes, 13 de febrero de 2009


Un miguelito de La Roda

A base de un hojaldre fino, finísimo y crema deliciosa, hoy te cuento un relato breve, espolvoreado con abundante azúcar glas.


Pocas veces vuelvo a los sitios o pocas veces los sitios me hacen volver.

Pero, esta tarde, añoro ese sabor tan fino y tan dulce que hace seis años probé, en la provincia de Albacete.


Te sitúo.

Estamos en la Mancha alta albaceteña, una tierra de paso y nada más.

Y quién me quita de encima los recuerdos, los antecedentes y las garrafas de vino tinto que nos llevábamos a casa juntos, y luego se nos olvidaban, hasta el día que volviésemos a la bodega a por más, más vino.

Nos alejamos algo de las riberas del Júcar, pero allí también aprendí a buscar mi chato de tinto exquisito, para acompañar las cenceñas y el lomo de orza. La Tempranillo y la Tinta del País te dan vinos aptos, vinos de una buena mesa, en las terrazas con vistas a la plaza, entre Minaya y Chinchilla.

Quién me cambia el acento neutro y llano, si yo lo aprendí andando hacia la confitería La Moderna.

Si un día, de paso y sin querer, te encuentras en La Roda, no te vayas sin una caja de doce Miguelitos. Manuel los inventó y un tal Miguel los cató, y de allí su nombre.

Volviendo, trata esa caja con cuidado, no la muevas mucho, y si los olores te hacen abrirla antes de llegar a casa, no aplastes el Miguelito antes de comerlo o, como allí aconsejan, no los chafes, pierden su sabor fino. Deja que se doble dentro de tu boca, intenta respirar sin prisas y sin soplar,

si no el azúcar glas va a volar y buscará hueco en tu ropa, en tu pelo y mejillas.

Pues, esa nube de azúcar, en realidad y si recuerdo bien, es lo que estimula a tu gusto dulce, que esa crema luego no es nada empalagosa, nada dulce, te refresca y te quita el dulzor del azúcar.

Es crema blanca, sin sabor a vainilla. Más bien, sabe a nata ligeramente montada, pero más no te lo podría matizar.

La receta no la tengo y tampoco la quiero tener. La receta está allí y, como bien dice mi padre, cada cosa sabe en su lugar, así que no la saquemos de sus fronteras.


Solamente te quiero decir que, estando ya en el sur,

si un día me traes una caja de doce Miguelitos

yo la abriré con mucho cuidado y el primero lo tomaré sin chafarlo.

El último lo voy a tomar a mi manera.

Igual lo acompaño con mi café por la mañana, igual lo tomo con un vino naturalmente dulce o con una sidra,

pero soplando fuerte, poniéndome perdida de azúcar glas.

Horas después, estaré relamiéndome, buscando el mismo sabor,

el que pude disfrutar en su momento y en su lugar,

coincidencia afortunada, en una tierra de paso y nada más.


sábado, 31 de enero de 2009

Bocata de Calamares en cinco actos


Fitur, o como el mundo entero se reúne en un bocata de calamares


Acto primero. Llegada y objetivo.

Llegué a Madrid con mis miedos varios, y un producto; mi reto personal.
Me tuve que replantear entera para sobrevivir y defender algo que cada vez me motiva crecidamente.
Respeto los protocolos, las buenas maneras en la mesa del marketing y en esos pasillos y explanadas comerciales, donde se hace de todo, menos negocios.
Respeto las intenciones de los demás, pero déjame seguir teniendo ese algo que me hace tomarlo todo muy personalmente y considerarlo mío y, precisamente, superar los miedos varios y acumulados.


Acto segundo. Cómo uno se da cuenta de su ignorancia y recupera nivel y recursos.

Yo, en verdad, de eso no sabía. Pero me gusta observar. Y, nada más llegar allí, observé. Observé bien como los demás me observaban. Después observo que te dan un margen de hacer las cosas algo mal, lo mínimo, para poder seguir observándote y después empezar a matizar sus miradas con ese toque crítico y, más que crítico, vacío y algo pedante. Bien, creo que no lo voy hacer mal del todo.
Yo me río de mi falta de profesionalidad pero, en fin, me quedan muchas horas para demostrar lo que ellos, los observadores, en un principio son incapaces de ver.

Acto tercero. Cómo sonreír sin llorar.

Y empieza la gente a venir, a fluir por los pasillos y yo quiero salir corriendo porque me da miedo que se me acerquen, porque no tengo a mi lado a las personas que suelo tener y las que me dan una base solida de partida.
Me pongo seria, muy seria, así luego cuando sonría uno pensará que ha conseguido hacerme interactuar. Buen juego, y así me muevo, sigo al instinto y una lógica que se suele apoderar de mí cuando el cuerpo se me paraliza y mi mente se precipita pensando en el peor de los casos.

Acto cuarto. La esencia de la enemistad

Espero no dar pena pero, querido mío, formo parte de tu equipo y de tu espacio vital para estos dos días, así que déjame crecer sin quitarte el protagonismo.
Sí, tuve que ser una enterada y algo pícara y no me pega mucho con la cara que tengo. Pero yo por eso me desplacé y tuve que despreocuparme de mis miles de miedos. Me gusta conseguir las cosas con sutileza y educación aunque sé perfectamente que eso molesta, sobre todo allí, donde el mundo entero se reune durante unos días para venderse y promocionar la esencia de las esencias.

Acto quinto y el más largo. Tengo hambre.

Y yo, si paro es para tomar un respiro y seguir pensando en ti, y tú si estuvieras aquí me preguntarías si tengo fuerzas para seguir. Las tengo, siempre pienso que sí, y me da igual no aparentarlo. Hablando de respiros, ahora tengo hambre, aparco mi inercia y me voy a desaparecer durante unos minutos. Me alejo de mi nido de marketing y de la cueva de mis compañeros enemigos y salgo al pasillo central y de repente, de repente!!
Abro los ojos, y miro alrededor y veo de todo, tanta gente, tantos nidos y tantas cuevas bien montadas.
Me abrumo y me alegro.
¿Sabes porque?
Porque, seguramente, habrá más gente con miedos como yo, incluso gente tan dudosa que decide pasar un día conociendo el mundo a través de esos escaparates de colorines. Mira si tengo suerte, mira donde estoy y el porqué, mira que represento tierra que mía no es y ni me acerco al chiringuito de mi país.

¿Para qué?
Si lo llevo dentro, tan dentro que no lo quiero ver artificial y tan fuera de contextos.


Me quedo abrumada durante unos minutos más, saco mi cámara para eternizar el panorama y a pesar de mi hambre esquivo las bandejas de los aperitivos, tan bien presentados pero ofrecidos a gente cuyas bocas carecen de paladar, y sus inquietudes gastronómicas son más gratuitas que esos tentempiés.
Unos minutos de reflexión, dispongo de hambre y de fondos, pero quiero algo especial para el momento, quiero un almuerzo rápido y eficaz.
Deseo quitar el folklor sobrado que me rodea, saboreando lo más sencillo pero rico, lo más exquisito y menos costumbrista que esos jamones y foies que ahora la gente debe aprender a tomarlos con melón, filosofía y confituras.


Entro en un bar, algo alejado de todo esto, pero igual de lleno.
Miro la carta colgada y de milagro veo lo que quiero. Un bocata de calamares, mi bocata de calamares.
El mismo que tomé un día de los primeros que empezaba a trabajar, y recuerdo que lo comí con tantas ganas que se me quedó su sabor clavadito.
Me lo pido para llevar. Y me lo llevo. Tengo poco tiempo pero pienso disfrutarlo. Salgo afuera, me siento en un banco, enfrente de un plano enorme del conjunto que ha atraído al mundo entero,como si fuesen abejas siguiendo doce gotas de miel. Empiezo a comer mi bocadillo, huele a mar y a pan fresco, está caliente y yo tengo mucha hambre como para que me pare la lluvia que empieza a mojarme a mí, a mi bocata envuelto en papel albal y a todos los que están por ahí fuera, buscando su próximo destino de negocios exóticos.

Acknowledgments

Fue mucho pero duró poco. Se me hizo largo pero aprendí lo suficiente para saber volver.
Y si no vuelvo, aprenderé a mantener mi actitud y aprovechar mis nuevos trucos y recursos.
Gracias a mis enemigos por haberme hecho conseguir un trozo de ese mundo que tanto miedo me daba.
Gracias a esa gente desconocida y sin paladar, pero dispuesta a echarte una mano o una sonrisa cuando les cuentas que tu solamente vienes, no para vender, sino para dar a conocer algo que te apasiona y que te llena la vida, las horas y los momentos de lluvia, de hambre y de ilusión.

Conseguí comprobar por una vez más la cultura igualada que pretendo tener y promocionar, volví cansada pero satisfecha, igual de griega a mi tierra de vinos malagueños, ricos, generosos.
Daría las gracias a esas personas que me han empujado hacía ese precipicio de superación pero no lo voy a hacer.

Únicamente, porque sé que voy a tener la oportunidad de hacerlo, en una próxima entrada, en unos próximos capítulos, representando productos queridos en mesas de negocios redondas, comiendo mi bocata de calamares entre trajes, naciones y culturas ajenas, muy ajenas de lo que somos tú y yo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

¡Espera!



Varios días naturales




Te pido atención, paciencia y algo de tu tiempo.
Me encuentro incapaz de contarte mis últimos días de diciembre.
Pero te aseguro, han sido muchos.
Y no lo desmiento, quedan pocos.
Te pido tiempo, yo no lo tengo, préstame segundos, minutos y jornadas que te sobren.

Estoy viajando en tren, esta vez me pido ventana, el pasillo se lo dejo a los demás.
Hoy no me da miedo pegar mi mejilla al cristal y mirar sin ver.
Asi vivo,
casi me mareo pero no me caigo, estoy sentada y solamente te cuento lo que quisiera ver.
Veo gente pasar, algunos están callados y,
a los que más hablan, apenas les oigo.
Veo colores pasear, mi tren casi roza los puestos del mercado.
Veo una cara desconocida escogiendo granadas y membrillos.
Me invento su frescura, casi me llegan los olores hasta aqui;
mi vagón huele a especias, marisco, quesos, vinagre, aceitunas y anís.
Deduzco y percibo tu inquietud, pero te tengo que seguir contando.

El tren avanza, ahora estoy pasando por la plaza, hace frio.
El frio huele, sabe, se intuye.
Has dejado la puerta abierta, te veo a lo lejos, solamente te digo que deberías andar más recto,
pero así reconozco yo tus pasos.
Y te digo que aquí yo, no me quedaría.

No me gusta resumir, siempre se pierde lo relevante.
Pero ahora mismo estoy cruzando el campo y veo solamente
esas llanuras que hacen mi trayecto más lento y pesado.
Cansancio es, seguramente los llanos traen níscalos, bellotas y tréboles, pero quien soy yo para adivinarlo.

Ahora cruzamos tu puente. Permiteme cerrar los ojos y no mirar.
Ese vértigo y falta de equilibrio - al cruzar puentes y alturas-
hoy, más que nunca, interfieren en mis planes.

Así de sencillo me es, saturarme por miedo
y hacer que el tren se pare.
El viaje se pospone y tan solo me queda volver a mi casa y callarme.

Los descampados son mi destino más frecuente,
y desde aqui te pido tiempo.
Dame tiempo para contarte más,
tengo que recuperar fuerza y trayecto.
Te tengo que relatar cómo es
un día mío natural.