lunes, 31 de mayo de 2010

¡pata pam!





Georgia, en su ciudad


Vivo en una ciudad habitada por cuentos que huelen a fogones. Vivo en una ciudad, cuyos callejones se estrechan para desembocar a hogares de una sola habitación, que cocina todos llaman. Sus habitantes tienen todos un don y un único deber hacía el bien común; cocinar durante el día platos de riqueza celestial, preparar manjares que, después de elaborar, con ímpetu en mesas largas o redondas comen.

Los habitantes de esa ciudad se llaman Chefs y grandes cocineros son, soldados de una comunidad que el bien comer de todos a diario vigila. Visten todos traje igual, su uniforme de batalla; delantales limpios y blancos, gorros altos del cándido color y sus armas son cucharas de madera. Luego, tienen otros artilugios como las espumaderas de color, cuchillos afilados de un solo grande filo, ollas inmensas de acero y de pudor, y algún sartén que con maestría doman.

Los pobladores de mi ciudad son todos dóciles y mansos, inofensivos grandes Chefs, que con locura a sus hogares y cocinas quieren. Se llevan entre sí grandemente bien, y sus comedores a todos los demás abiertos tienen. De madrugada, todos hacia la plaza de mi ciudad tienen que andar, y allí intercambiar productos de la tierra y demás materias, en los que su arte yace y se cuece.

Harinas de trigo y de maíz. Frutos secos y olivas. Hierbas, hortalizas y frutos que vienen de lejos y de allí, carnes, aves, cazas y filetes bien jugosos. Quesos y mantecas de pastores que con esmero acercan a la ciudad, chorizos, salchichas y varios embutidos. Sobrasadas, cítricos, pastas y legumbres, pescado y arroces. Especias, sal marina, ostras y miel, alcachofas, remolachas y azúcar glas. Huevos frescos del coral, tallarines, macarrones y judías. Caviar del negro mar, mandarinas y lubinas, almendras y calabacines. Semillas del oriente, salmón rosado y
cuscús el marroquí, chuletas, panes, pasas y piñones. Cacao y la patata occidental, guisantes, cocos, caracoles, chacinas y manzanas. Pimientos rojos y otros, del Padrón, melones y anises estrellados.
Y así cada madrugada, más y más, y cada día más, a la plaza llega aún más,
de esa materia prima.

De día ya, se mete cada Chef en su nido de artillería, cargado con su cesta llena de cada bien y en su cocina y laboratorio, durante lo que dura el sol, se encierra. Creadores e ingenios, héroes de mi curiosa ciudad, los cocineros empiezan a cocer, pochar, guisar, freír y hornear. Amasar, picar, mezclar y con arte bien dorar, sazonar y rematar, probar y dejar de reposar. Añaden, quitan, pelan, mojan, sellan y escurren. Bañan al honor de una tal María, reducen salsas de valor, aplastan, forman y flambean. Espolvorean, calientan y también enfrían, laquean, hierven, cuecen y así, todo el día así, cuecen y cocinan.
Momento mágico y favorito de mi ciudad, de cuentos, tan insólita y rica. Si durante esa de los fogones exaltación, por sus callejones decides dar un paseo largo, te darás cuenta de ese encanto y magia de la que te hablo yo, de ese hechizo que a mi ciudad la tiene embrujada.

Ruidos de cada casa llegan a romper el silencio eterno de mi metrópolis de Chefs artistas, soldaditos que nunca hablan o saben por la boca emitir, cualquier sonido o fonema. Durante tu paseo oirás, aceite que en la sartén salta y chispea, oirás como los platos chirrían entre sí, cuando los prestigiosos esos Chefs con exquisiteces los adornan. Oirás de los cuchillos el crujir, cómo parten y trocean alimentos. Oirás el murmullo de aguas y caldos en ebullición y los ¡pata pam! de los hornos y las ollas que con destreza manipulan. Y tras sonidos varios y, por el estilo definidos, percibirás también olores varios, soberbios y de nivel, que tu nariz embrujarán, te captarán y a lo mejor eternamente en esa ciudad te quedas.

Tu olfato fácilmente se puede abducir por aromas delicados y otros más intensos. Tu presencia y gusto se pueden secuestrar por todo lo que los soldados Chefs, con arte y siempre sin hablar, preparan y elaboran. Tus sentidos, lo mismo encantados, te hacen para siempre allí vivir, entre el fogón de tu lugar y la plaza de abastos. Ponerte tú también gorro blanquecino y delantal del mismo ese color y dedicarte a cocinar, sin parar y sin hablar, cociendo y probar, comiendo y madrugar y cada día que se ponga el sol, lo mismo.

Ciudad de cuentos, digo yo, cómo te pude escapar, de ti y de tu silencio eterno. Y una cosa te voy a contar, una cosita más, secreto entre tú y yo, así avisado estás si lo mismo que a mi te pasa.
Mi ciudad se rodea por un río de color púrpura, diría yo rubí. Río de aguas rojas, oscuras y profundas. De madrugada casi negras mis ojos esas aguas las ven y a mediodía a veces su cauce obtiene un color violeta. Por el atardecer, el río rojo picota ya se ve, rojo de sangre de una batalla que nunca terminó y en sus aguas duermen sus heridos. Ese río en mi ciudad se conoce como Maldición, y sus pobladores Chefs nunca a sus riberas se acercan. Alguien les dijo que de su agua nunca deben de beber, si la probasen peligro grande correrían. Así todo cocinero Chef, cada habitante de esa ciudad, joven o anciano, vivía encerrado en esa ciudad, rodeado por una maldición, de la que nunca nadie salir se atrevía. A su rumbo y deber diario cada uno de ellos se disponían a proceder, sin hablar y sin cantar, sin silbar y sin de placer poder saltar y exclamar, sólo callados cocinaban y comían.

Decirte que también, que todas esas exquisiteces, los soldados de la vianda y de la paz con agua fresca siempre acompañaban. Esa misma es la razón, por la que cada día a preparar un nuevo plato se ponían, buscando a un único sabor que hasta entonces nunca conseguían. Día tras día, cargados de sus cestas llenas de cada bien, pensaban que ese día, ¡Sí! ese día acertarían. Pero por la noche cuando se ponían a comer como lúculos ingenuos, con agua sus platos maridaban. Con agua apaciguaban su sed, con agua y agua sus cuerpos dóciles regaban.

A mí el silencio me viene mal, yo contar y narrar todo lo vivido quiero, aunque me encanta el bien comer, aunque sin él también aguantar podría. Así que un día de esos mil, durante mi paseo favorito entre callejones de silencio que olían a manjar y a perdiz, en una pared vi algo escrito en pintura gris.
Vino hace salud. Y el agua de lo que tú llamas Maldición no es que sea sangre. Vino es, que de las entrañas de la tierra fértil sale y riega todo corazón, complementa el sabor y hablar te hace.

De mi ciudad decidí irme y pensar que a ese sitio ya jamás y nunca volvería. Así tuve que denunciar mesas largas y redondas de manjares llenas, delicias del mundo entero. De mi ciudad corriendo yo salí, cruzando el río púrpura rodeador, en una barquita hecha de cuentos y pudor, de hojas de parra y mucha valentía.

Fuera de sus muros y fogones vivo feliz, sin experimentar ese sabor soberbio y exquisito. Así, a cambio te sé cantar y bien contar, a menudo mi trozo de pan con una copa de vino tinto acompaño.

5 comentarios:

Julio dijo...

simplemente, genial. Me encanta tu ciudad

Lucio dijo...

¿Dónde has aprendido a escribir así?
στοργη μου

J. M. dijo...

Vivir siempre buscando la excelencia debe ser algo agobiante, no? Aunque sí merecería una visita temporal. Habría que organizar una visita.

Cuentos Al Vino dijo...

@julio: Invitado estás

@Lucio: escribir aprendí hace poco.
Soñar y todo lo demás desde siempre, supongo. Gracias por el matiz griego.

@J.M.: Sí, la excelencia agobia. Organicemos una visita improvisada.

J. M. dijo...

Igual improvisando se alcanza la excelencia. :)